Medellín
Gustavo León Yepes Giraldo: el poder de la educación y las segundas oportunidades A sus 70 años, Gustavo recibió el título de abogado que durante décadas creyó inalcanzable. Hoy dedica ese logro a la defensa de la dignidad humana.
Volver al inicio
Gustavo León Yepes Giraldo: el poder de la educación y las segundas oportunidades A sus 70 años, Gustavo recibió el título de abogado que durante décadas creyó inalcanzable. Hoy dedica ese logro a la defensa de la dignidad humana.
Gustavo León Yepes Giraldo nace en un hogar disfuncional, con problemas de alcoholismo y violencia.
Ingresa por primera vez a la Universidad de Antioquia, en Medellín.
Consumido por la adicción a varias sustancias psicoactivas, Gustavo se convierte en habitante de calle.
Inicia un proceso de rehabilitación y reintegración a la sociedad de la mano de iniciativas sociales.
Con 63 años y aún siendo habitante de calle, regresó a las aulas de la Universidad de Antioquia tras enviarle una carta pidiendo una nueva oportunidad.
Gustavo se graduó de la Universidad de Antioquia con honores y las mejores calificaciones.
Fue contratado como abogado en la Defensoría del Pueblo Regional Antioquia. Es su primera vez ejerciendo y anhela hacerlo hasta el último día de su vida.
Gira el celular
En los pasillos de la Universidad de Antioquia aún se habla de aquel diciembre de 2024 en el que los aplausos se alargaron por media hora.
El teatro estaba lleno: más de quinientas personas, entre estudiantes, profesoras, decanos y un solo familiar, se pusieron de pie para celebrar la graduación de un hombre que había vencido al abandono, a la pobreza y a las drogas: “¡Gustavo, Gustavo, Gustavo…!”, coreaban mientras él, con toga y birrete, caminaba hacia el escenario con los ojos llenos de lágrimas.
Era Gustavo León Yepes Giraldo, tenía 70 años y acababa de cumplir un sueño que había aplazado por más de cuatro décadas. Nació en Medellín, Antioquia, en un hogar disfuncional que lo enfrentó desde muy niño a situaciones de violencia, alcoholismo y abandono. Siendo un muchacho joven, su padre lo echó de casa obligándolo a pasar necesidades afectivas, económicas y sociales.
Pese a ese entorno difícil, a mediados de los 70 se graduó del colegio y logró ingresar a Derecho en la Universidad de Antioquia.
Cuenta María Wills Betancur —quien fue su compañera de curso en los 70 y más tarde se convirtió en profesora titular y coordinadora de permanencia de la UdeA— que “Gustavo dormía donde podía, se bañaba en los baños del campus universitario y guardaba su ropa en una mochila”, pero aún así tenía uno de los mejores promedios y “en el aula era brillante. Todos lo recordamos por eso”
Tras el caos y la precariedad a sus veintes, Gustavo abandonó la carrera y empezó a dormir en las calles y se rodeó de otras personas que no tenían hogar y que se refugiaban en las drogas. “Empecé con un consumo moderado y me fui metiendo y metiendo hasta que caí en el bazuco, después de eso me perdí en las drogas todos esos años”, cuenta él, que vivió 30 años en ese mundo.
Pero la vida en las calles de Medellín no fue nada fácil y en sus últimos años de indigencia fue diagnosticado con hepatitis, cirrosis y cáncer. “Qué curioso, la enfermedad que venía a matarme me terminó salvando la vida”.
Después del diagnóstico se dijo a sí mismo: “esto me mata o me sirve para salir de aquí”. Se sometió a tratamientos y aprovechó esa desintoxicación para buscar un nuevo propósito.
Su reencuentro con la universidad fue un acto de fe. En 2015, con la ayuda de un amigo, escribió una carta pidiendo el reingreso. Contra todo pronóstico, la Universidad de Antioquia lo aceptó.
En 2016 volvió a sentarse en un pupitre, rodeado de jóvenes que podían ser sus nietos. “Increíble que haya logrado adaptarse a esta época —cuenta Luz María—, porque se convirtió en un referente. Les explicaba, estudiaba con ellos, los acompañaba. No les hacía las cosas, les enseñaba a hacerlas”. Su rendimiento académico fue impecable: sacaba notas de 4.8 y 4.9, y su compromiso despertaba respeto y cariño en estudiantes y docentes.
Hoy, Gustavo es abogado y trabaja en la Defensoría del Pueblo, en la Regional Antioquia, donde acompaña la verificación de derechos de personas privadas de la libertad.
Vive solo, en una habitación sencilla, y no le gusta hablar del pasado. “Prefiero vivir el hoy y el ahora”, dice. Su historia, sin embargo, sigue hablando por él: la de un niño olvidado que sobrevivió a la calle, la adicción y la enfermedad, para convertirse en un servidor público que defiende la dignidad humana.
La suya es la prueba viva de que, cuando la educación se cruza con la esperanza, la humanidad y la compasión de los otros, incluso la vida más rota puede volver a empezar.