Masacre El Tigre
“Somos paz, somos tierra y somos mujeres resilientes de nuestra inspección El Tigre”
Hace 27 años el conflicto armado marcó la vida de la comunidad del municipio del Valle del Guamuez, Putumayo. Dejó huellas que aún permanecen.
De acuerdo con la Comisión de la Verdad, el 9 de enero de 1999, cerca de 150 integrantes del Bloque Sur Putumayo de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), llegaron a la inspección de El Tigre y reunieron a todas las personas frente a la calle principal. Durante una incursión que se prolongó por cerca de tres horas, amenazaron a la comunidad y la señalaron bajo el estigma de ser “un pueblo guerrillero”.
Esa noche, 29 personas fueron asesinadas y otras fueron torturadas. Además, sus viviendas, motocicletas y vehículos fueron incendiados, y el miedo obligó a muchas familias a abandonar sus hogares después de que el grupo les advirtiera que regresaría al día siguiente.
“Yo fui una víctima directa. A mí me mataron a mi esposo y quedé sola con seis hijos, todos menores de edad, a quienes he sacado adelante a pulso y con mucho esfuerzo”, relata Flor Alba Ascún, integrante de la Asociación Violetas de Paz de El Tigre
Su historia también refleja la de muchas de sus compañeras, pues, aunque ninguna mujer fue asesinada durante la masacre, muchas sufrieron maltrato físico y verbal y, la mayoría quedaron viudas y con hijos a su cargo.

La comunidad quedó en medio de una disputa por el control territorial, debido a su posición estratégica, la cual despertó un gran interés por parte de los grupos armados por los beneficios económicos que allí podían obtener.
“Las AUC se apoderaron del pueblo y desde entonces hemos sido víctimas de la violencia y el narcotráfico”, afirmó Flor Alba Araujo.
Según el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), la violencia contra esta población no terminó con la masacre, sino que se intensificó durante los años siguientes, cuando el Bloque Sur Putumayo estableció en gran parte del Bajo Putumayo un “control territorial permanente”, que terminó afectando la vida social, económica y política de campesinos, comunidades afrocolombianas e indígenas de la región.
En medio de la violencia y el temor, algunas personas comenzaron a reunirse y a reconocerse como víctimas para buscar ayudas o protección, pues, los desplazamientos eran cada vez más frecuentes y el miedo a perder nuevamente a sus seres queridos permanecía presente.
Fue entonces cuando la voz de Rubí Tejada comenzó a hacerse escuchar. Una docente e inspectora de la policía que conocía de cerca las necesidades de la comunidad y que decidió defender los derechos y la vida en ese territorio.
Flor la recuerda como “una mujer (...) que levantó su mano y dijo: No más, ustedes no están solas, yo voy a organizarlas. Y ahí fue que nació la Asociación Violetas de Paz”.
Esta asociación se convirtió en un espacio seguro donde las mujeres que habían sido víctimas del conflicto podían encontrarse, escucharse y compartir aquello que durante tanto tiempo habían guardado. Allí podían llorar, hablar desde el corazón y sentirse acompañadas en medio de sus historias.
Ella, sin embargo, en ese momento no pudo volver, “había muchos grupos, reclutaban a las niñas, estaban en ese tiempo las Farc en la zona y ellos enamoraban mucho a las niñas (...)”m cuenta.
Con los años, esos encuentros se convirtieron también en una fuerza colectiva que las impulsó a participar en procesos de fortalecimiento del liderazgo, reconstrucción del tejido social y reparación colectiva, incorporando un enfoque de género para la construcción de paz.
Por ejemplo, para Flor Alba este es uno de los principales motivos que las impulsa a seguir trabajando por su comunidad:
“Queremos defender la paz porque nosotras miramos al futuro, miramos a esos niños que quedaron huérfanos, que quedaron solos, para que no repitan lo que nosotras pasamos. Queremos que cese la violencia y que, sea como sea, todo lo que ha sucedido no vuelva a repetirse”.
Actualmente, esta asociación está conformada por más de 120 mujeres víctimas de la violencia, que siguen trabajando bajo un mismo lema: “Somos paz, somos tierra y somos mujeres resilientes de nuestra inspección El Tigre”.

Según el relato de Flor, esta unión también les ha permitido recuperar poco a poco la tranquilidad y fortalecer lazos de confianza con las demás personas:
“Somos mujeres que hemos dejado el miedo a un lado y podemos defender nuestra comunidad, nuestro territorio y a nosotras mismas”.
Hoy, ellas eligen creer en un futuro libre de violencia, en el que las mujeres puedan vivir y ejercer plenamente sus derechos, encontrar oportunidades y ninguna familia tenga que volver a abandonar su hogar por miedo. Un futuro en el que la memoria de lo ocurrido también sirva para cuidar a las nuevas generaciones y mantener viva la esperanza de una comunidad que pueda vivir en paz.