El Carmen del Darién, centro del conflicto
- Sáb, 06 ene 2018
Entre Murindó y El Carmen del Atrato están las cuencas de los ríos Domingodó y Curvaradó, una zona inundable que deja a la gente caminando sobre tablones. Con la guerra entre Eln y gaitanistas están al borde de una tragedia.
Por Alfredo Molano Jimeno
Al salir de Murindó queda atrás el Medio Atrato, ese que fue colonizado a partir de la minería, la madera y la explotación de la tagua. Por delante, río abajo, vienen las comunidades más afectadas por el conflicto armado: Domingodó, El Carmen del Darién, Jiguamiandó y Curvaradó, las cuencas del Truandó y el Salaquí y el sufrido pueblo de Riosucio. Es la zona contigua a la frontera con Panamá. El punto caliente. Por toda la región se mueven trochas para pasar droga, contrabando e inmigrantes indocumentados. Pero además es la cuenca estratégica para el control del Atrato y allí se ha centrado la disputa entre gaitanistas y elenos. Una disputa que se remonta a las raíces históricas de la colonización del Chocó.
El primer blanco en navegar las aguas oscuras del río Atrato fue Vasco Núñez de Balboa, quien fundó en 1510 la primera ciudad de la corona española en territorio americano: Santamaría del Darién (la Antigua). Está ubicada en el extremo norte del Atrato y hoy corresponde al municipio de Unguía. Pero lo detuvieron la selva, las comunidades indígenas y el agua. Mucha agua. Entonces el Atrato se convirtió en refugio de los esclavos cimarrones que escapaban de las minas y las haciendas de Antioquia y Cauca. Y por lo mismo se empezó a formar una caldera de problemas para el orden colonial, hasta que prohibieron su navegación. Esta prohibición parece ser el epígrafe del olvido que hoy sufre el Chocó.
La guerra propiamente dicha sólo llegó con los conflictos civiles del siglo XIX. Por allí pasaron los ejércitos liberales y conservadores rumbo a la frontera con Panamá, donde se dio la batalla definitiva de la Guerra de los Mil Días (1899-1902). Luego vinieron las fiebres del oro y de la extracción de madera, que a su vez trajeron fuertes colonizaciones de Antioquia, Cauca y la región Caribe. A la tala de árboles la siguieron la instauración de haciendas ganaderas y las siembras de palma y banano, y se estrecharon los caminos que unían al Chocó con Urabá.
Los movimientos de gente, tierra y metales atrajeron otras guerras. Esta vez con las guerrillas, los paramilitares, la coca o el contrabando. Y ahora que las Farc, el movimiento insurgente más viejo del continente, ya no tiene armas, dejaron un Atrato sumergido, literalmente, en la pobreza, el miedo, la corrupción y la ilegalidad. Un panorama que no se parece al que les pintaron a las comunidades con el posconflicto y que les ha recordado los peores días de 1997, cuando una avanzada de paramilitares y la Fuerza Pública remontó el Atrato para sacar a las Farc, arrasando con las comunidades.
Al salir de Murindó queda atrás el Medio Atrato, ese que fue colonizado a partir de la minería, la madera y la explotación de la tagua. Por delante, río abajo, vienen las comunidades más afectadas por el conflicto armado: Domingodó, El Carmen del Darién, Jiguamiandó y Curvaradó, las cuencas del Truandó y el Salaquí y el sufrido pueblo de Riosucio. Es la zona contigua a la frontera con Panamá. El punto caliente. Por toda la región se mueven trochas para pasar droga, contrabando e inmigrantes indocumentados. Pero además es la cuenca estratégica para el control del Atrato y allí se ha centrado la disputa entre gaitanistas y elenos. Una disputa que se remonta a las raíces históricas de la colonización del Chocó.
El primer blanco en navegar las aguas oscuras del río Atrato fue Vasco Núñez de Balboa, quien fundó en 1510 la primera ciudad de la corona española en territorio americano: Santamaría del Darién (la Antigua). Está ubicada en el extremo norte del Atrato y hoy corresponde al municipio de Unguía. Pero lo detuvieron la selva, las comunidades indígenas y el agua. Mucha agua. Entonces el Atrato se convirtió en refugio de los esclavos cimarrones que escapaban de las minas y las haciendas de Antioquia y Cauca. Y por lo mismo se empezó a formar una caldera de problemas para el orden colonial, hasta que prohibieron su navegación. Esta prohibición parece ser el epígrafe del olvido que hoy sufre el Chocó.
La guerra propiamente dicha sólo llegó con los conflictos civiles del siglo XIX. Por allí pasaron los ejércitos liberales y conservadores rumbo a la frontera con Panamá, donde se dio la batalla definitiva de la Guerra de los Mil Días (1899-1902). Luego vinieron las fiebres del oro y de la extracción de madera, que a su vez trajeron fuertes colonizaciones de Antioquia, Cauca y la región Caribe. A la tala de árboles la siguieron la instauración de haciendas ganaderas y las siembras de palma y banano, y se estrecharon los caminos que unían al Chocó con Urabá.
Los movimientos de gente, tierra y metales atrajeron otras guerras. Esta vez con las guerrillas, los paramilitares, la coca o el contrabando. Y ahora que las Farc, el movimiento insurgente más viejo del continente, ya no tiene armas, dejaron un Atrato sumergido, literalmente, en la pobreza, el miedo, la corrupción y la ilegalidad. Un panorama que no se parece al que les pintaron a las comunidades con el posconflicto y que les ha recordado los peores días de 1997, cuando una avanzada de paramilitares y la Fuerza Pública remontó el Atrato para sacar a las Farc, arrasando con las comunidades.
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