Santa Isabel
Cecilia Ditta Benjumea, víctima del conflcito armado en Santa Isabel, Curumaní (Cesar), recuerda la tragedia que provocó desplazamientos masivos en su municipio
“Yo no olvido, pero tampoco quiero que el Estado me olvide a mí”
A Cecilia Ditta Benjumea le gusta regar sus plantas por la mañana. Lo hace con una delicadeza que impresiona. Con la vista cansada, la pesadez de los años y la memoria intacta acaricia con los dedos los brotes nuevos y sonríe cuando ve una flor abierta o un mango, o un plátano listo para cosechar. Dice que la huerta es su manera de hablarle a la tierra, de recordarle que sigue viva.
Santa Isabel, el corregimiento donde vive, está ubicado a una hora de Valledupar, en el municipio de Curumaní, departamento del Cesar. Un caserío pequeño, que cuenta con una sola calle pavimentada y sembradíos de maíz, plátano y yuca. Hoy parece dormido entre los cerros, pero guarda un grito que no cesa: el de una masacre que dejó once muertos y una comunidad que hoy trata de cerrar sus cicatrices.
La noche del 1.º de agosto de 2001, la muerte se paseó sin pudor por este rincón del nororiente del país. Integrantes del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) ingresaron al pueblo mientras todos dormían. Según la Fiscalía, el ataque fue ordenado por la exparamilitar Edelmira Esther López, alias Yolanda. En cuestión de horas, Santa Isabel quedó teñido de sangre. Once personas fueron asesinadas: campesinos, vecinos, padres, hermanos. Algunos murieron por estar en listas; otros, por estar simplemente en el lugar equivocado.
Una de las víctimas fue la madre de Cecilia Ditta, Sara Benjumea, una anciana invidente. Los mechones que alumbraban las casas fueron usados por los paramilitares para prender fuego a las viviendas, entre ellas, la de Sara. Su madre no alcanzó a huir. Murió calcinada entre las llamas. El fuego arrasó el techo, los muebles y la vida. Lo único que quedó intacto fue la memoria.
El horror con nombre propio
Junto a Sara también murieron Alexander Guerra Machado, Hermes Barbosa, Diovany Castro, Julio Tafur Henríquez, Óscar Armando Ríos, José Melquiades Castillo, Luis Alfredo Guevara, Álvaro Vega Santiago, Francisco Machado y Luis Carlos Ortiz.
Once nombres. Once historias segadas por la violencia. Cada uno con una familia detrás, con un futuro, con un relato inconcluso. Cada aniversario, esos nombres resuenan en las oraciones de quienes siguen vivos. En las paredes del pueblo hay mensajes que claman por la paz, y en sus corazones vive el recuerdo de sus seres queridos.
Volver a donde se quemó todo
Cecilia se fue del pueblo tras la masacre. La violencia le arrebató no solo a su madre, sino también la tranquilidad y las ganas de quedarse.
“Ese día, esa gente llegó como loca. Nosotros vivíamos cerca de mamá. Llegaron haciendo sus fechorías, rompiendo las casas. Uno no tuvo tiempo de nada. Sacaron a la gente de sus casas y los llevaron a la calle de las Cuatro Esquinas, y allí los mataron”, dice Cecilia.
Pero con el tiempo, y con el amor de sus hijas, decidió volver. Regresó no para borrar lo que pasó, sino para reafirmar que sigue aquí, con la dignidad intacta. Hoy vive con sus dos hijas, quienes cuidan de ella con devoción. Ellas lavan su ropa, le preparan los alimentos, la llevan a las citas médicas y la acompañan mientras riega su huerta.
“Yo no olvido, pero tampoco quiero que el Estado me olvide a mí”, dice Cecilia. Y esa frase resuena como un eco profundo. Porque el olvido institucional es, para muchas víctimas del conflicto armado, una segunda condena. Cecilia sufre no solo por la muerte de su madre, sino también por el abandono estatal. A su juicio, las víctimas solo le duelen a sus familiares.
Un pueblo que se niega al silencio
Santa Isabel, como muchos corregimientos de Colombia, solo fue noticia el día en que sus habitantes padecieron los horrores del conflicto armado. Pero sigue resistiendo. No hay actos de memoria oficiales ni presencia estatal suficiente. Sin embargo, el pueblo no ha dejado que el miedo lo consuma del todo. Sus habitantes siembran, comercian, rezan, y se reúnen cada 1.º de agosto para recordar lo que pasó. No con odio, pero sí con firmeza.
La historia de Santa Isabel no se reduce a la masacre. Es también la de una comunidad que, pese al dolor y las adversidades, apuesta por la vida. Es la historia de Cecilia Ditta y sus hijas, de sus matas de plátano, yuca y ají, de su voz suave pero firme, y de ese jardín que crece en el mismo suelo que un día ardió.
Porque incluso en la tierra quemada, la vida se abre paso.

