Villanueva
“Nos arrebataron la vida, pero no la memoria: Villanueva no se rinde”
Idalmis María Díaz Martínez, esposa de Ramiro Moisés Kampo Peñaloza, una de las víctimas de la masacre en Villanueva (La Guajira), e integrante de la Mesa Víctimas, sigue a la espera de una reparación integral del Estado por estos hechos.
Por más de dos décadas, once nombres resuenan con fuerza en las calles de Villanueva, La Guajira. No son solo víctimas de una masacre. Son el motor de una memoria viva que, desde el dolor, se transformó en dignidad y lucha.
La noche del 7 de diciembre de 1998 partió en dos la historia de este municipio al sur de La Guajira. Mientras cientos de familias prendían velitas para celebrar la llegada de la Navidad, 150 paramilitares del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) entraron al pueblo por dos caminos distintos. Llevaban listas, fusiles y una orden: seguir imponiendo su ley a punta de violencia.
En el barrio El Cafetal, donde las casas aún conservan las huellas del miedo, fueron asesinadas diez personas. A otra la mataron poco después. Algunos murieron por estar en la lista; otros, por intentar impedir una muerte que ya estaba decidida.
“Fueron cayendo uno a uno… como si la vida no valiera nada. Nosotros suplicamos, gritamos… y no hubo piedad”, recuerda Idalmis María Díaz Martínez, esposa de Ramiro Moisés Kampo Peñaloza, una de las víctimas de la masacre.
Años después, ante la justicia, el otrora comandante paramilitar Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, confesó que la masacre fue planeada para camuflar los disparos entre la pólvora. Era una advertencia, una venganza, una sentencia para un pueblo que, según ellos, servía a la guerrilla. Pero para Villanueva fue una herida que nunca ha cerrado.
Resiliencia entre el luto
Hoy, 27 años después, las familias no han olvidado. No han podido. Ni quieren. De aquel horror nacieron la resistencia, el perdón y una forma digna de seguir adelante. Así nació la Fundación Diciembre 8 del 98: una organización creada por familiares de las víctimas que, año tras año, conmemora a los caídos y mantiene viva su memoria.
El nombre de Albert Contreras. El de Javier Olmedo. El de Nefer Augusto López. El de Alexander Enrique David López. El de Ramiro Moisés Kampo, líder cívico. El de José Aníbal Garcerón Mejía. El de Bartolomé Contrera Molina. El de José Luis Rosado Quintero. El de Jeison José Daniel Rojas. El de José Dangond Quintero. El de Elis Fabián Montero.Ninguno de ellos se pronuncia sin una mezcla de tristeza y fuerza.
“Porque aquí no hablamos solo de muertos. Hablamos de padres, hermanos, hijos, amigos. Hablamos de vidas que nos arrebataron sin razón”, afirma Idalmis, integrante de la Fundación Diciembre 8 del 98 y de la Mesa Municipal de Víctimas de Villanueva.
Villanueva no olvida
Caminar por las calles de El Cafetal y San Luis sigue siendo un ejercicio de duelo. La gente recuerda perfectamente dónde cayó cada uno, qué ropa llevaba, qué estaban haciendo cuando llegaron los disparos, camuflados entre las explosiones de la pólvora decembrina. No es un pueblo detenido en el tiempo, pero sí uno marcado por él.
Cada 7 de diciembre, los familiares y amigos de las víctimas se reúnen en el parque Ramiro Moisés Kampo Peñaloza para rendir homenaje a la memoria de los once caídos. En ese espacio, que con el tiempo se ha convertido en un símbolo de resistencia y dignidad, se realizan actos conmemorativos, ofrendas florales, velatones y actividades culturales que reafirman el compromiso de la comunidad con la verdad y la justicia.
No se trata solo de recordar la tragedia, sino de mantener viva la historia de quienes fueron arrebatados violentamente, para que su legado perdure y el silencio no se imponga sobre la memoria.
En este parque se pintaron piedras y, en cada una de ellas, se escribió el nombre de una de las víctimas como forma de mantener viva su presencia en ese lugar de encuentro y reflexión. Las piedras, dispuestas cuidadosamente a lo largo del parque, no son solo ornamentos: son pequeñas tumbas simbólicas, marcadores de una historia que no se olvida.
Cada vez que alguien camina por esos senderos, se encuentra con los rostros y los nombres que el horror intentó borrar. Es un acto sencillo pero profundo, donde la memoria se hace materia y el dolor se transforma en homenaje.
Así, las nuevas generaciones que juegan, caminan o se sientan bajo los árboles del parque no solo descubren la tragedia que vivió su pueblo, sino también la fortaleza de quienes se negaron al silencio.
Sandra Forero, coordinadora de la Mesa de Víctimas del municipio y representante ante la Mesa Departamental.
A pesar de los años, los habitantes sienten que no ha habido una respuesta estatal a la altura del daño. Para ellos, aún no ha habido reparación integral ni verdad completa.
“Nos cansamos de esperar, pero no de luchar. Porque aquí seguimos, con la dignidad intacta y la memoria viva”, dice Sandra Forero, coordinadora de la Mesa de Víctimas del municipio y representante ante la Mesa Departamental.
Una deuda con la verdad
Las familias siguen esperando que el Estado implemente acciones reales de reparación, que no se limiten a discursos o promesas. Piden garantías para no repetir la historia, atención psicosocial, oportunidades, justicia verdadera.
Mientras tanto, en Villanueva, la memoria no descansa. Cada 7 de diciembre no se celebra solo el Día de las Velitas. También se iluminan once nombres que son faro para una comunidad herida, pero que sigue erguida y con la memoria intacta.
Las balas les arrebataron a sus seres queridos, pero no pudieron silenciar su memoria. Porque once vidas segadas se han transformado en once razones para resistir.

