Velar
- Vie, 21 nov 2025
Ser serio es estar a la altura de la vida. Ser serio es ser digno, ser sensato, ser cuerdo. No es ser solemne ni pomposo, no, la gente poco seria ni juega ni se ríe. Tampoco es amanecer convertido en el enésimo dueño de la verdad que niega el drama de los pacientes colombianos, ni es reducirse a sí mismo a líder político que piensa horrores en voz alta en la Torre de Babel de las redes sociales, ni es concluir que la violencia no se llama violencia cuando uno es el que la comete. Se trata, según lo señala el proverbio bíblico, de “trabajar y volver a la casa”: de proponerle compasión a la sociedad y cumplir las promesas de un oficio y servirle a la convivencia tal como lo ha estado haciendo desde el principio y hasta hoy la Defensora del Pueblo, Iris Marín.
Su recorrido luminoso en el tenso escenario del Derecho, por el Colegio Mayor del Rosario, la Universidad Nacional, la Comisión Colombiana de Juristas, el centro Dejusticia, la consultoría Codhes, la Unidad de Víctimas, la trasescena del Acuerdo de Paz y las tareas claves de la Comisión de la Verdad, predecía la importancia de su papel en aquella Defensoría que –desde su creación, en la Constitución de 1991, para velar “por la promoción, el ejercicio y la divulgación de los derechos humanos”– ha sido encabezada por gente tan brillante como Eduardo Cifuentes o Carlos Negret. Su voz, la voz de Marín, no es altisonante ni caprichosa, sino firme, oportuna, serena. Su lenguaje es un lenguaje en común en la era de las polarizaciones.
Lea la columna completa en https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/velar-3510558

